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Remembranza del grito patrio

  • Foto del escritor: Escritorio Emergente
    Escritorio Emergente
  • 7 oct 2019
  • 3 Min. de lectura

Un texto de Petra


Faltaban más de 24 horas, y parecía que la fiesta había iniciado. Llegaba gente de diferentes estados del país según podía escuchar. “Nosotros venimos de Chihuahua”, decía una señora de cabello rubio cuidadosamente peinado. “Nosotros salimos ayer por la tarde de Tijuana”, contestaba un hombre robusto y barba cerrada. Recargada en una de la vallas metálicas tomaba nota con la cámara del celular de lo que pasaba en el zócalo de la capital, como me pidieron compañeros que no pudieron asistir a la celebración de ese, para muchos especial, 15 de septiembre. “Probando, probando” se escuchaba en unas bocinas, haces de luces blanquiazul danzaban desde la azotea del Palacio de Gobierno. Era un anticipo de lo que se viviría la noche siguiente. Risas, abrazos, silbidos, porras para los diferentes estados, según el origen de los que las lanzaban. Ir y venir de gente que miraba los preparativos con expectación.

   “¿Por qué ponen esos módulos ahí?” Decía una joven a su padre; por el acento, seguro eran de Yucatán. “De por sí no vamos a cabe aquí, sigue llegando mucha gente me dicen mis amigos YouTubers”, se refería a una fila de carpas montadas a lo largo del la calle Monte de Piedad, aledaña a la gran explanada. Todos participaban de alguna manera en los preparativos, con su entusiasmo. Algunos daban sugerencias entre ellos, como sería mejor la logística para que la fiesta saliera impecable. Después de más de una hora de estar en el lugar, dirigí mis pasos rumbo a la emblemática torre Latinoamericana. Casi daban las 9 de la noche y seguían ingresando grupos de personas de todas las edades en dirección del zócalo. Aquello era la delicia de los vendedores de diferentes artículos así como de las botargas y perfomanceros que a los costados del bullicioso andador, ofrecían sus productos o su arte.

    El día siguiente parecía una continuación del anterior, chorros de gente se movían por los alrededores del zócalo, buscando el mejor lugar para no quedar fuera. Pasaron las horas y la luz solar fue sustituida poco a poco por la espectacular iluminación tricolor que adornaba todo el perímetro de la plaza. Faltando unos minutos para las 11 de la noche, el redoblar de los tambores silenció toda algarabía. La multitud que desbordaba por todos sus costados el enorme espacio frente a Palacio Nacional, estaba expectante. Rostros con sonrisas de colores miraban constantemente hacia el balcón principal. La enorme bandera situada a media plancha, ondeaba majestuosa y suavemente como si obedeciera el ritmo de los tambores. El toque marcial se prolongó por varios minutos preparando el momento esperado. Justo a las veintitrés horas el balcón abrió sus puertas y la exclamación de júbilo fue unánime.

    “¡Mexicanas y Mexicanos, Viva la Independencia!” se escuchó por los altoparlantes, miles de gargantas respondieron coreando “¡Viva!” “¡Viva las madres y padres de nuestra patria!”, “¡Viva!”... así, se fueron sucediendo las veinte arengas que fueron coreadas con enjundia por aquella multitud.

   El tañer de la campana retumbaba colmando de emoción una vez más a los asistentes. De pronto el espectáculo se cubrió de blanco, por todos lados se veían manos accionando cilindros que arrojaban espuma blanca, aquello parecía una nevada. En seguida el grito estridente “¡No estás solo, no estás solo!” retronó muchas veces por todos los rincones. La emoción se reflejó en los rostros de la pareja en el balcón, quienes sonrientes correspondían a las manifestaciones de apoyo cruzando sus brazos sobre el pecho y saludaban con las manos una y otra vez.

   Pasado el emotivo momento, los fuegos artificiales surcaron el cielo iluminando en todo su esplendor la catedral barroca de la capital. Aquello era un éxtasis, las decenas de miles congregados para tal evento no podía ocultar su alegría; “Tanto tiempo esperando este momento” decían unos, otros lloraban emocionados, los más seguían coreando las consignas más conocidas de apoyo al hoy presidente. Las luces se sucedieron por aproximadamente 20 minutos, cuando la última bengala se desvaneció en el cielo, los vivas y gritos de alegría volvieron a escucharse.

   Después de una rato más de convivencia masiva, la marea humana empezó a deslizarse lentamente. Los sonidos de cornetines, matracas, tambores, silbatos se escuchaban como un peregrinar que lentamente se perdían por las iluminadas avenidas. Otra parte de la multitud se quedó en el lugar para disfrutar la música del grupo que amenizó el baile popular, para cerrar el festejo del grito patrio, el primero del presidente Andrés Manuel López Obrador.



 
 
 

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