Mayo: flores y monstruos
- Escritorio Emergente

- 27 may 2020
- 2 Min. de lectura
Un texto de Conchita Ramírez de Aguilar
Con risas y alegría, salimos corriendo de casa para ir al rosario y ofrecimiento de flores que, como cada año, en los meses de mayo y junio, se lleva a cabo en los templos de nuestra pequeña ciudad.
En este mes de mayo, según la costumbre, las niñas iremos a la iglesia vestidas de blanco, con un listón azul amarrado a la cintura; si ya hicimos la Primera Comunión, utilizamos ese vestido. Los niños, si está en sus posibilidades, vestirán de acólitos en color azul y blanco o usaran pantalón y camisa blanca con un listón azul en la cintura. Generalmente llevo mi vestido de Primera Comunión, mamá dice que me veo muy linda.
Vivimos muy cerca de la iglesia, así que en minutos llegamos y nos reunimos con los otros niños en el atrio esperando las indicaciones de las señoritas encargadas. Nos forman en fila, niñas adelante, niños atrás -en el mes de junio será al revés- entramos y nos sientan en las últimas bancas, cerca de ellas hay una mesa con flores y regaderitas con “agua de colonia” que nos repartirán al final de cada Misterio para recorrer el pasillo central, mientras se escuchan los cánticos. Las flores se quedan en el altar y las regaderitas regresan con nosotros para llenarlas y volver con ellas en el Misterio correspondiente.
Antes de iniciar la letanía, se escogen a cuatro niñas que serán las encargadas de cargar una pequeña estatuilla de María, colocada sobre una mesita con dos palos atravesados a lo largo, para llevarla en hombros y realizar la procesión por todo el templo. Cada día se escogerá a diferentes niñas.
Concluido el rosario, salimos a la carrera para formarnos en el atrio y recibir los dulces y galletas que nos regalan todos los días, mis preferidas son las de animalitos y los caramelos de miel en forma de panales. Permanecemos un rato comiendo, jugando y platicando, para regresar enseguida a casa.
El retorno es la parte más difícil para mí. En esta temporada hay muchos mayates que vuelan alrededor de las luminarias antes de caer. Mi vestido les encanta y, para mi mala suerte, como es de tul, se pegan y cuesta trabajo retirarlos, mi mejor amiga lo intenta mientras el resto se divierte con mi desgracia. La parte más complicada para retirarlos es el hueco que deja la coronita colocada en mi cabeza y que sostiene el velo, nadie quiere meter la mano para sacarlos, yo lo intento y a veces lo logro. Odio este vestido, por esto y porque estorba y pica, solo me salvo de él cuando lo llevan a lavar, entonces uso un vestido blanco, común y corriente, cómodo y ligero.
Al llegar a casa, corro a ver a mi nana para preguntarle si ya no tengo ningún mayate, ella me revisa y después de acariciarme con su voz dulce me dice:
-No, nenecita, ya no hay.
Y solo entonces me siento segura y libre de esos monstruos, para poder así disfrutar la rica cena que mamá ha preparado y que me hará olvidarlos.





Comentarios