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La parida

  • Foto del escritor: Escritorio Emergente
    Escritorio Emergente
  • 28 ene 2019
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 18 feb 2019

(Un texto de Javier Sarmiento J.)



Empezaba el año de 1949, era un 27 de enero. Mi madre, Sofía Jarquín Cortés, originaria de San Carlos Yautepec, Oaxaca. Zapoteca; mi padre Florentino Sarmiento Cruz originario de la Cañada de Morelos, Chalcatongo, Oaxaca, mixteco; su atento servidor Javier Francisco Celerino, como quedo asentado en la fe de bautismo, noveno hijo de doce embarazos.

Mi permanencia dentro de la matriz, se vio interrumpida por las contracciones uterinas que provocaron los dolores del parto. Mi padre, en cuanto mi madre se lo dijo, fue a buscar a la comadrona, previamente contratada, para que asistiera el parto en la casa que habitaban sobre la calle de Hidalgo del barrio de la Merced, en la ciudad de Oaxaca.

   Las contracciones aumentaron y por ende, los dolores. Mi padre no llegaba con la comadrona y la angustia de mi madre aumentaba. A las 17.00 horas, aproximadamente, de aquella fría tarde de invierno se dio el milagro. Mi madre, sola, me parió. Salí a la luz con la incertidumbre de llegar a éste nuevo mundo.

   Con valentía mi madre cortó el cordón umbilical que aún nos unía y lo ató con cintas de manta previamente preparadas. Con la vela de cebo, ya lista, prendió la mecha, y con la flama -sin que le temblara la mano- me quemó la punta del cordón umbilical, expulsó la placenta y se consumó el parto. Después me tomo en sus brazos y me envolvió en un lienzo de manta que estaba a su lado.

   Esperó pacientemente a que apareciera mi padre con la susodicha comadrona, ésta solo llegó para limpiarme, envolverme en las sábanas y amarrarme la cabeza con un paliacate rojo -por aquello de los malos aires-. La mujer le “arreglo” el vientre a mi madre dándole masaje. La bañó con agua caliente y hierbas para la inflamación, amarrándole la cintura con un rebozo para que no se le fuera a caer la matriz. Le preparó su caldo de gallina, y vio que lo consumiera y recuperara sus fuerzas.

   La comadrona se retiró, no sin antes recomendarle a mi madre que tenía que guardar cama durante 40 días para su recuperación y para que la matriz volviera a su tamaño normal, recomendándole que tomara mucho atole de maíz y ajonjolí, así sus pechos tendrían mucha leche para el chamaco.

  

El tiempo pasó y un día, aún siendo muy pequeño, al pasar por las afueras del Hospital General de la ciudad, de la mano de mi madre, ella me manifestó que le gustaría que algún día yo fuese médico como esos personajes que salían del hospital con sus blancas batas. Su sueño se hizo realidad, ahora estoy cumpliendo 70 años, con la satisfacción de ser médico cirujano y partero, y de haber desarrollado mi trabajo en una comunidad sub-urbana de la costa chica Oaxaqueña, Pinotepa Nacional. Escribo estos recuerdos como un pequeño homenaje a mi madre, la parida.


27 de enero del 2019


* Mujer que acaba de parir.

 
 
 

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