La cacería
- Escritorio Emergente

- 1 abr 2019
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(Un texto de Alegría)
Por fin mi papá aceptó llevarme de cacería, la mayor parte de las veces llevaba a mi hermano mayor, pero después de mis reclamos, decidió llevarme a mí, la segunda de sus cinco hijos. Me preparé para acompañarlo: saqué mis botines, mis pantalones y una blusita de manga larga, le pedí a mi mamá que me peinara haciéndome dos trencitas, me dijo riéndose que no iba a un desfile de modas, pero le recordé que mi papá pertenecía al Club de caza y tiro de Oaxaca, que tal vez nos encontraríamos con sus compañeros y me iban a ver fea si no me arreglaba, ¡lo que iban a decir de su hija!, mi mamá me sonrío y me peinó sin más. La verdad es que estaba muy emocionada, por fin iba a ser la compañera de cacería de mi padre.
Mi papá era muy complaciente conmigo. Nos iríamos entrando la noche, me pidió que preparara las gorras y que no me fuera a dormir. Mi mamá le dijo que mejor no me llevara. No es una actividad propia de una niña de siete años, advirtió. Mi papá se quedó pensando y me dio temor de que decidiera no llevarme, pero le respondió que me lo había prometido y que lo cumpliría. Tú sabrás, le respondió mi mamá encogiéndose de hombros.
Llegó la noche y salimos preparados con una linterna tipo diadema que se ponía mi papá en la cabeza, otra de mano para mí, la bolsa con los cartuchos y su rifle que disparaba bien bonito. Nos subimos a la camioneta y partimos rumbo a los terrenos de sembradío en el campo. Mi papá me indicó que no me separara de él. Cuando bajamos
prendió su lámpara y me ordenó que no prendiera la mía hasta que me dijera. Empezamos a caminar y en los surcos se veían tortolitas echadas, mi papá les disparó, pero no les atinó porque lo jalé al saltar asustada porque sentí que había pisado una culebra, pero era tan sólo una raíz. Mi papá me dijo algo molesto que no fuera tan miedosa, porque para otra ocasión mejor no me traía. Me dije que iba a ser tan valiente que me iba a traer muchas otras veces. Seguimos caminando y nos encontramos con los ojos brillosos de un conejo, al que mi papá mató al dispararle. Sentí horrible cuando lo amarró de las patitas y me lo dio a cargar ¡su cuerpo aún estaba calientito! y no pude evitar ponerme a llorar en silencio, pero el horror más grande fue cuando me di cuenta que mi blusita estaba manchada de sangre. Entonces sí que lloré con ganas y bien fuerte. Mi papá asustado creyó que me había picado algún animal. Me preguntó qué era lo que tenía y entre sollozos le respondí que era porque había matado al pobre conejito, movió la cabeza y nos subimos a la camioneta para regresar a la casa.
Cuando llegamos mi mamá nos estaba esperando despierta, y se alarmó cuando me vio llegar hecha un mar de llanto, le preguntó a mi papá molesta, que era lo que me había pasado, él le respondió: Tu hija chillona no me dejó terminar la cacería, se puso a llorar y así se vino todo el camino de regreso, porque maté a un conejo. Fue lo único que me dejó cazar. No la vuelvo a llevar. Mi mamá me abrazó fuerte y me consoló diciéndome que ya había pasado, que así era la cacería de animales y que por eso ella no quería que fuera; me puso un camisón y me llevó a la cama, me dormí suspirando de tanto llorar, esa noche me di cuenta de que era horrible ver morir a un ser vivo, y de que yo nunca podría practicar ese deporte. La cacería es muy cruel.
Al otro día, al volver de la escuela, mi mamá nos sirvió conejo al mojo de ajo, naturalmente me negué a comer muy indignada y nunca más acompañé a mi papá a cazar.





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