El ventarrón
- Escritorio Emergente

- 4 mar 2019
- 2 Min. de lectura
(Un texto de Alegría)
Llegamos corriendo de la escuela mis hermanos y yo, hacía mucho calor, como todos los días del mes de marzo. Se antojaba ir a nadar al río, aunque fuera un ratito. Le pedimos permiso a mi mamá para ir después de comer, ella respondió que sí con la condición de que termináramos toda la comida e hiciéramos la tarea. Ni tardos ni perezosos hicimos lo que se nos ordenó.
Partimos felices con nuestras toallas al hombro rumbo al río, no sin antes escuchar las recomendaciones de mi mamá: que cuidáramos de Claudia nuestra hermanita (ella tan sólo tenía cinco años, Sergio siete y la mayor era yo, con nueve años), que no nos metiéramos a lo hondo y que regresáramos temprano. Llevamos nuestros accesorios para nadar, una cámara de llanta de coche que usábamos como salvavidas y un visor que apenas nos habían comprado.
Llegamos a la poza donde siempre nadábamos y rápidamente nos metimos al rio, ¡el agua estaba rica, refrescante! Era muy divertido ir a nadar, tanto, que no nos dimos cuenta que se empezó a nublar y las nubes eran de color negro. De repente llegó Don Juvencio y nos dijo: “chamacos, ya sálganse del agua y váyanse rápido para su casa, ahí viene el ventarrón”, señalando el cielo negro. Nosotros no sabíamos que era eso, pero de todos modos nos dio miedo, así que presurosos nos dispusimos a regresar a la casa que estaba a unos veinte minutos de distancia.
En Valle Nacional llovía mucho durante el año, caían aguaceros torrenciales, eso sí lo sabíamos, pero nadie nos había contado nada del Ventarrón. Teníamos que atravesar un potrero con vacas, toros cebúes y caballos; era tan grande que a veces era usado como pista de aterrizaje por los helicópteros o avionetas que llegaban al lugar. Para entonces el viento era más intenso que de costumbre y poco a poco fue incrementando su fuerza, tanto, que a Claudia la alzaba del piso pues era ella la que llevaba agarrada la cámara salvavidas. Sergio y yo sujetábamos muy fuerte a nuestra hermanita mientras le rogábamos que soltara la cámara, pero ella se negaba, hasta que finalmente no pudo más y el viento se la arrebató.
El potrero era la locura, los animales asustados corrían muy cerca de nosotros, por momentos pensamos que nos iban a llevar entre las patas ¡el miedo aumentaba!, pero bien abrazados seguimos caminando sin soltarnos. Ya para salir del potrero el viento empezó a disminuir su intensidad. Gracias a Dios eso nos permitió avanzar un poco más rápido. Pasamos el camino en donde había muchas ramas trozadas y caídas. Llegamos a las primeras casas del pueblo y vimos que una de ellas, la del Güero Velasco no tenía el techo, y así como esa, otras casas también tuvieron la misma suerte. La gente estaba asustada y agradecida porque ya había pasado el ventarrón y no había ocasionado mayores daños.
Mi mamá estaba muy afligida esperándonos afuera de la casa, cuando nos vio aparecer corrió a abrazarnos. Nosotros contentos la abrazamos también. Después nos regañó por no haber regresado antes, pero estaba tan agradecida de vernos sanos y salvos que rápidamente se le olvidó el coraje.





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