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El Charro

  • Foto del escritor: Escritorio Emergente
    Escritorio Emergente
  • 24 feb 2019
  • 2 Min. de lectura


(Un texto de Javier Sarmiento J.)


Durante mi infancia, entre los siete y ocho años de edad gustaba de leer cuentos que narraban las aventuras de los héroes del viejo oeste, como Roy Rogers, Kid Colt, el Llanero Solitario y su amigo Toro; así como de los mexicanísimos Látigo Negro, Águila Negra y mi favorito El Charrito de Oro y su amigo “Bisbi”.

Los domingos en el parque el “Llano” o Paseo Juárez, un señor -nunca supe su nombre- alquilaba por cinco centavos éstos cuentos. Con cuatro o cinco de mis compañeros del barrio de la Noria, nos juntábamos en el parque para alquilar cada uno un cuento diferente y ante la mirada complaciente del dueño hacíamos intercambios de ellos. De esta manera leíamos varios por sólo cinco centavos.

Las aventuras las replicábamos en el transcurso de la semana por las tardes, después de terminar nuestras tareas escolares. Algunos éramos los héroes y otros los villanos, nuestros enseres de juegos: trozos de madera que usábamos como pistolas o como el rifle Winchester, montábamos también briosos caballos que eran varas gruesas o palos de escobas y no podían faltar los duelos para ver quién era el más rápido…para sacar la pistola. El viejo oeste eran las calles de nuestro barrio.

Cuando ya tenía que cursar el tercer grado de primaria, habiendo aprobado con buenas calificaciones, le pedí a los Reyes Magos me trajeran el traje de charro con sombrero, un par de pistolas tipo Colt y las botas vaqueras. El seis de enero ¡Oh sorpresa! por la mañana encontré sobre mi zapato el traje completo, mismo que me puse de inmediato para presumirlo a mis compañeros de aventuras.

Por supuesto que tenía que llevarlo a la escuela y así lo hice. El primer día de clases, llegué vestido de charro (sin el sombrero, porque no me dejaron llevarlo). Así adquirí el sobrenombre de El Charro que me pusieron mis compañeros de grupo de la escuela “Morelos“, ubicada en la calle de Crespo de ésta ciudad; mismo que se me quedó para siempre.

En la primaria, secundaria, bachillerato y la licenciatura llevé el sobrenombre, mismo que se extendió a los campos deportivos ya que jugaba futbol con el equipo universitario, mis compañeros de la Facultad de Medicina y catedráticos siempre me llamaron El Charro Sarmiento. Ya tengo setenta años y con mucho orgullo sigo siendo El Charro para todos mis amigos y compañeros de aventuras.


Febrero /19





 
 
 

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