A mi máquina de escribir por hacer legibles mis ideas
- Escritorio Emergente

- 15 ene 2019
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(Un texto de Lety)
Esa fue la dedicatoria escrita en mi informe recepcional, la cual me valió que una de mis jurados no me aprobara. Mi máquina de escribir Olivetti era una máquina de color verde de un tamaño que a mí me gustaba, ni muy chiquita ni muy grande, decía yo. Era mecánica, usaba una cinta entintada que había de cambiar periódicamente para que el color de las letras se mantuviera firme; tenía todas sus teclas completas, lo que me ayudaba enormemente a la hora de escribir, ya que yo no era muy hábil en eso de la mecanografía. A veces, mi máquina atoraba las letras encimando las palanquitas de metal que se movían hacia el centro para imprimirse en el papel. Si corría con suerte no pasaba nada, es decir, mi hoja no se manchaba; pero en ocasiones había que volver a iniciar el escrito con mucho cuidado, pues mis maestros no me aceptaban ningún error ni borrón. Cada cierto tiempo había que limpiar las letras de las palanquitas con una especie de borrador que les quitaba el exceso de tinta almacenado en el interior de las pequeñas letras.
No la podía llevar a todos lados como lo hacían mis amigos con sus máquinas (también marca Olivetti) porque era un poco más grande y pesada, así que trabajaba con ella en mi casa por las noches cuando el silencio se prestaba para realizar mi labor sin interrupciones ni distracciones. La máquina siempre estaba dispuesta a trabajar conmigo en el escritorio de mi papá, además de que, como no la movía, estaba en mejores condiciones de las de mis compañeros lo que hacía que mis los trabajos que presentaba tuvieran mejor presentación. Así que hasta la fecha la recuerdo con cariño pues en ella transcribí los trabajos que nos encargaban como tarea. Había algunos docentes a los que les gustaba que escribiéramos muchas hojas y ni siquiera se preocupaban de revisar el contenido, decíamos en tono de burla que nos encargaban trabajos por kilo.
Recuerdo que después de elaborar con sumo cuidado mi informé, y tras pensarlo mucho, escribí la dedicatoria. La mañana en que me tenía que presentar a mi examen profesional llegué a las siete. Los jurados serán tres: dos de ellos habían sido mis maestros en algún grado de la carrera y una de ellas no. Era una maestra de inglés y, gracias a Dios, nunca nos había tocado como docente. Los primeros me preguntaron acerca del contenido del informe y pude responder correctamente a sus cuestionamientos, pero cuando le tocó el turno a la maestra de inglés me preguntó acerca del porqué de mi dedicatoria, a lo que le respondí que porque lo había decidido así, que era algo muy personal y que me preguntará acerca del contenido del informe. Mi respuesta la molestó y me dijo que ya no tenía ninguna pregunta más, que saliera para que el jurado deliberara. Cuando me llamaron me dijeron que había aprobado por mayoría, que ella me había reprobado. ¡Ese fue un golpe bajo!, me dije. No era justo que me reprobara por mi dedicatoria.




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